Fabián no es muy romántico. No regala flores porque según el "Pequeño Fabián Ilustrado" significa: te metí los cuernos y te pido disculpas. Su madrastra lo convenció una vez de que me obsequie un osito con un "te quiero" bordado en un corazoncito (para mí, que ella lo compró).
La madrastra de Fabián escapa al estereotipo, no interfiere en su historia de amor, sino todo lo contrario: la potencia. ¿La explicación del fenómeno?. En los cuentos las madrastras tienen hijos e hijastros que compiten por ser del mismo género (género, femenino o masculino; sexo, mucho o poco). En cambio, la madrastra de Fabián tiene una hija mujer (si se me permite la redundancia para enfatizar mi punto de vista).
Yo tengo problemas con los zapatos y él tiene una madrastra. ¿Sólo parece faltar el sapo en esta historia?. Pues el sapo está, y no es una metáfora. Mi llegada a este mundo la anunció un auténtico sapo verde y verrugoso.
Hace cuarenta años, el test de orina (no tan) casero de embarazo se hacía con un sapo vivo. Mi mamá juntó su pis en un frasquito, lo llevó a la farmacia y esperó horas por el resultado de la reacción de Galli Mainini. El farmacéutico inyectó la orina de mi mamá en los sacos dorsales linfáticos del sapo. Las hormonas del embarazo (presentes en la orina de mamá) hicieron que el animalito produzca los espermatozoides que el farmacéutico encontró en su orina (la del sapo) al examinarla al microscopio.
Después de todo, en algo se convertiría el sapo. Aunque no, en un príncipe sino en un bastoncito de plástico con una tirita reactiva dentro y que en vez de pis, hace rayitas.